viernes, 4 de julio de 2008

Capítulo segundo.



Jaron se dejó caer sobre la blanda hierba sin siquiera cerciorarse de que no hubiese piedras bajo ella. Estaba realmente cansado. Había caminado sin parar desde que había salido de aquel pueblo... ¿Cómo se llamaba...? ¿Y qué importaba el nombre del dichoso pueblo? La cuestión es que lo había dejado antes del mediodía y que ya empezaba a anochecer. Y todo porque aquel tipo había podido darle por fin una pista sólida que seguir. ¡Por Dios! Había tardado tres meses en dar con alguien que pudiera ponerlo en el buen camino, ¿le venía ahora de un par de días? Pues por lo visto sí.

Claro que eso se lo decía a sí mismo porque estaba cansado y no tenía nadie más con quien discutir, pero en realidad sí le venía de un par de días, o al menos eso era lo que sentía, que no podía esperar a corroborar si lo que le habían dicho era cierto. Después de todo no había hecho otra cosa desde que había salido del monasterio que buscar la pista de su madre, de Sarai. Y todos le habían dado la misma respuesta, que el mundo estaba lleno de Sarais. Jaron había sabido desde el principio que buscar una pista perdida sesenta y siete años atrás iba a ser difícil, pero nunca había imaginado que tanto.

Ese nombre era originario de Meanley, un principado al oeste del imperio, o eso le habían dicho, pero en el último siglo se había extendido por todo el imperio, así que esa información no era garantía de nada. Pero puesto que era lo único que tenía, hacia Meanley se había dirigido. Y, a medida que se había ido acercando, más Sarais le habían salido al paso, pero ninguna correspondía con la imagen que de ella le había dado Rodwell.

Excepto una.

-Creo que sé de quien hablas, muchacho –le había dicho un anciano tras oír su descripción -. Hubo una Sarai por aquí, hace muchos años. Dicen que era princesa y que la echaron de sus dominios por hacer pactos con seres oscuros. Pero yo no lo creo, ¿sabes? Yo la conocí, sí, señor. Cierto que yo era apenas un crío, pero la conocí y la recuerdo.

Jaron le había pedido que le hablara de ella antes de poder darse cuenta de que estaba cometiendo un grave error, estaba rompiendo la regla número uno: nunca le pidas información a un anciano con evidentes ganas de cháchara. Tras una hora y media de hablar de todo y de nada el hombre le había dicho que, si de veras quería saber más de esa Sarai, que se dirigiera al castillo del príncipe. Si la Sarai de la que hablaban era realmente una princesa, allí aún sería recordada. Y el consejo le había parecido bueno.

Pero el castillo del príncipe estaba más lejos de lo que Jaron había deducido de las señas del anciano. En medio día aún no había dado con él y ni siquiera sabía orientarse lo suficiente como para calcular cuánto debía de quedarle.

Con un suspiro se puso en pie. Si quería conseguir algo para la cena tendría que empezar a moverse. No le costó mucho cazar un ave. O algo así. No estaba muy seguro de qué era exactamente lo que había cazado. Fuese lo que fuese, volaba y estaba cubierto de plumas. Lo que le fastidiaba de cazar pajarracos era tener que desplumarlos antes de poderlos cocinar. A uno se le pasaba el hambre antes de haber podido siquiera ponerlos en el fuego. Pero estaba demasiado cansado como para no conformarse con el primer ser vivo susceptible de convertirse en alimento con el que topara.

Cuando tuvo el fuego listo y a su cena sobre él, cociéndose, se le olvidó por completo que había tenido que pasarse más tiempo del que pensaba desplumándolo. Olía de maravilla... Claro que debía de ser porque no había comido nada desde esa mañana, si es que a aquello se le podía llamar comer. Incluso en los días de ayuno en el monasterio había llenado más el estómago de lo que lo había hecho esa mañana.

-Eso huele que alimenta –opinó una voz a sus espaldas.

Jaron se puso en pie de un salto y se volvió, encontrándose con la mujer más alta que había visto en su vida. Había una sonrisa cordial dibujada en su rostro, una muy hermosa sonrisa. De hecho era lo único hermoso de ella, larguirucha y delgada como era.

-¿Quién eres? –Preguntó Jaron, menos receloso de lo que sabía que debía de haber estado.

-Mi nombre es Myreah. Espero no haberte asustado, me pareció que hacía ruido suficiente mientras me acercaba.

-No importa –el elfo se arregló instintivamente el pelo de forma que tapara bien sus orejas-. Si quieres sentarte –ofreció. No sabía si realmente quería la compañía de la extraña joven, pero no se ocurría que más podía hacer -. Mi nombre es Jaron.

-Jaron, ¿eh? No eres de por aquí, ¿verdad? –Quiso saber Myreah mientras se sentaba junto a él.

-¿Por qué lo dices?

-Bueno, sólo un forastero desconocería que está prohibido cazar en los bosques del príncipe. Por cierto, ¿qué has cazado? –La joven estiró uno de sus delgados brazos y se hizo con una de las cobrizas plumas. Sus ojos negros se abrieron como platos al destellar la pluma bajo la luz de la hoguera -¡Un ave de fuego!

-¿A-ave de fuego? –Jaron no sabía que era eso, pero no le había gustado el tono reverente que había usado la joven. Sonaba a problemas-. A mí me pareció más bien un cuervo rojo.

-¿Un cuervo rojo? Bastante grande para ser un cuervo, ¿no? Cuando papá sepa que has matado un ave de fuego te despellejará vivo.

-¡Un momento! ¿Despellejarme? Si no sabía que... –Jaron se detuvo a media protesta. ¿Había usado la joven la palabra “papá”?

-Sí, despellejarte. A mi padre le encantan esos bicharracos carroñeros, ¿sabes? –Luego suspiró-. Claro que no tiene porque saberlo –la joven volvió a sonreír-. Será nuestro secreto.

-¿Nuestro?

-Bueno, ambos vamos a comérnoslo, ¿no?

-¿Cómo que ambos?

-He creído entender antes que le tienes cierto aprecio a tu piel, así que te interesa que yo mantenga la boca cerrada –Jaron gruñó como respuesta-. Eso está mejor. Creo que tú y yo vamos a ser grandes amigos.

Cenaron en silencio, lo cual no dejó de sorprender a Jaron, confuso aún por la elocuencia de la que había hecho gala la joven justo después de su aparición. El muchacho aún estaba molesto con ella por haberse invitado a compartir con él hoguera y cena, pero sentía demasiada curiosidad como para mantener el silencio mucho tiempo más.

-Cuando antes has dicho “papá”... ¿te referías a...? –Preguntó tímidamente.

-Oh, lo lamento. Qué mala educación la mía. Pensé que me conocerías por el nombre, pero claro, eres extranjero. Soy la hija del príncipe.

-La hija del príncipe... Entonces... ¡Vos debéis saberlo! ¿Sabéis? Iba de camino al castillo de vuestro padre, Alteza.

-¿De camino a casa? Pues ya podías haber caminado unos kilómetros más, que está aquí mismo –la joven le mostró una de sus francas sonrisas-. Claro que entonces no nos hubiésemos encontrado. ¿Y para qué ibas a allí?

-Busco información sobre una persona, una tal Sarai que dicen que vivió en el castillo del príncipe.

-Sarai... ¿Por qué?

-Creo que podría ser mi madre –explicó Jaron antes de caer en la cuenta de su aspecto juvenil. Olvidaba qué era con tanta facilidad...

-Entonces no puede ser ésa Sarai. La Sarai de mi familia desapareció hace casi setenta años.

-Oh –fue todo lo que se le ocurrió decir mientras intentaba contener la emoción. Era tan posible que fuera esa misma Sarai...

-Lo siento –dijo la joven, y parecía sincera-. Para serte franca, creo que te he ahorrado un desagradable trago. A mi padre no le hubiera hecho mucha gracia que alguien se presentara en su casa preguntando por Sarai.

-¿Qué quieres decir?

-Es una historia larga y extraña. ¿Quieres oírla? –Jaron asintió acercándose más a la chica casi por instinto-. Era la hermana de mi abuelo, una mujer bellísima. ¿Sabes que tenemos un gran retrato suyo? Me encantaba mirarlo, de hecho me sigue gustando mirarlo aún ahora. Pero nunca supe quién era hasta hace diez años. Cuando preguntaba por la mujer del retrato, todo el mundo decía lo mismo, que no era nadie. Oí el nombre de Sarai por primera vez de boca de un criado muy viejo, cuando yo apenas contaba nueve años. Aquel anciano me habló de ella, de que era una mujer decidida que había tenido que escoger entre su libertad o su deber como hija a los dieciocho años. Por lo visto su padre la expulsó del hogar cuando ella se negó a casarse con el hombre que su padre le imponía y desde entonces su nombre fue repudiado y nunca más se pronunció entre las paredes del castillo. O eso fue lo que dijo el criado.

“Yo era una cría y no pude evitar ir a confirmar la historia en labios de mi padre, que me castigó al oírme pronunciar ese nombre. Al criado lo apalearon y luego lo expulsaron –Myreah fijó los ojos en las llamas, tal vez afligida por sus propios remordimientos-. Mi padre intentó corregir el error del criado explicándome la historia oficial, que Sarai había sido expulsada porque era una bruja que pactó con los demonios y los elfos.

-¿Con demonios y elfos? –Jaron se sintió molesto por un momento al ver a ambos en la misma categoría.

-Vaya una estupidez, ¿verdad? Nunca creí la historia de mi padre, todo el mundo sabe que los elfos y los demonios no existen. Sarai era una mujer que prefirió el repudio de su familia a la humillación de someterse a la voluntad paterna. Me gustaría ser tan fuerte como ella.

Jaron miró a la joven con renovado interés. Así que era posible que esa chica fuera su sobrina, o prima... o algo. Se fijó en los rizados cabellos de la muchacha, tan negros como los suyos. Su sobrina... la nieta del hermano de su madre... Tenía que asegurarse.

-¿Y crees que yo podría... ver ese retrato?

-¿De veras quieres verlo? –Los ojos de la joven brillaron, feliz al ver que había despertado el interés de su nuevo amigo –Supongo que sí. Si te invito al castillo yo misma... Pero no le digas a nadie que vas sólo para ver el retrato o se me caerá el pelo.

Cuando, a la mañana siguiente, partieron, la curiosidad de Jaron pudo más que él y, finalmente, preguntó:

-Myreah,... er... Alteza, si de veras sois quien decís ser... ¿qué hacéis pasando la noche en el bosque?

La joven, que se había colocado a la delantera, se volvió mientras reía.

-Bueno, de vez en cuando me gusta salir por ahí, alejarme de mi familia y de las ridículas normas sociales. Claro que nunca salgo de los bosques de mi padre, me mataría si lo hiciera sin su permiso. No sabes lo que es pasarse la vida entre cuatro paredes, día y noche, noche y día. Si no me escapara de vez en cuando me volvería loca.

¿Que no lo sabía? Él mejor que nadie conocía la sensación de encierro. Pero no era ese tema el que quería tratar.

-Habláis de vuestro padre como si fuese un hombre terrible.

-Oh, y lo es. Es un hombre rudo e iracundo, despiadado con sus enemigos. Si fuera un poco más indulgente sería un gran hombre –la joven suspiró-. Y hazme un favor, ¿quieres? –Myreah rodeó los hombros de Jaron con uno de sus largos brazos-. No vuelvas a tratarme de Vos, no soy tan mayor.

-No, seguro que no lo eres.

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