lunes, 5 de julio de 2010

tercera parte, capítulo décimoprimero





La noche acababa apenas de caer pero un airecillo refrescante entraba por la ventana entreabierta cuando Faris regresó a sus aposentos tras asegurarse que la capilla ardiente de su padre había sido dispuesta correctamente. Era lo único útil que había hecho en todo el día.

Con un suspiro desabotonó el cuello de su casaca mientras se dejaba caer en una silla junto a su escritorio, contemplando con desgana los papeles que había estado leyendo ese mediodía y que se suponía que debía terminar de leer para el día siguiente. O eso decía el Qiam que requería la tradición.

La verdad era que Faris lo dudaba. Tenía la sensación de que Zealor Yahir estaba complicando los rituales del luto por algún motivo. Y aunque estaba seguro de que en parte era para reafirmar su autoridad delante del consejo, algo le decía que había más detrás de las horas de reuniones innecesarias a las que estaba sometiendoles. El no poder siquiera imaginar qué ganaba con todo eso le enervaba, y ya estaba bastante nervioso como para añadir más tensión.

Miró con envidia a Alania, que dormía como un tronco en su sofá. Ése era otro tema peliagudo. Iba a tener que hacer algo con ella tarde o temprano. A pesar de no haber mentido al afirmar que nadie iba a fijarse en un paje más de dos minutos lo cierto era que alguien podía reconocerla en cualquier momento y las preguntas que se generarían no serían fáciles de responder.

Pasó una mano por su corto cabello rubio, intentando aclarar la mente y despejar las ideas. Era complicado. Estaba muerto de sueño. Llevaba casi dos días en pie y no había nada más tentador que echarse en la cama y esperar a que el gallo le despertara al salir el sol. Pero tenía tanto que hacer...

Se masajeó las sienes, preparando una lista mental de cosas pendientes. El luto, la coronación, Alania, el Qiam, los traidores a la Nación a los que había dado cobijo en su residencia particular...

-Nada de dormir, Faris -se dijo, poniendose en pie y yendo hasta su armario para cambiarse las pesadas ropas ceremoniales por algo más cómodo y adecuado para sus planes.

Tenía que ir a Segaolin'ear y cuanto antes partiera antes podría estar de vuelta. Con un poco de suerte tal vez podría permitirse una hora de sueño o dos a su vuelta.

Pensó en la posibilidad de llevarse a la muchacha consigo, pero no era el momento. Iba a ser mucho más fácil salir furtivamente si sólo era uno. Así que en su lugar le dejó una nota, por si se despertaba antes de que él hubiera regresado, y abrió el pasadizo secreto que partía de una esquina de su habitación y que daba al patio.

De ahí a los establos era fácil llegar sin ser visto y durante la más de media hora de cabalgar que le esperaba tendría tiempo de pensar qué hacer con Haze Yahir. Lo que estaba claro era que no podía seguir oculto en su casa.

-Pan comido -murmuró con acritud antes de escabullirse por la apertura de la pared, que se cerró tras él como si nunca hubiera estado allí.

Sólo esperaba no atragantarse con ningún mendrugo.