No me olvido de vosotros, es sólo que ahora mismo no tengo tiempo. En julio recuperaremos el ritmo. Y no me refiero al de lso últimso meses, sino al real. Capítulo por semana, porque os lo merecéis, pro ser pacientes conmigo.
Hace tres años que estoy con esto y, por una vez, me gustaría acabar un proyecto y no dejar a medias a los pocos lectores fieles que tengo por aquí.
Además, estoy llegando a puntos que deseaba escribir desde hace tres años. O más.
De momento os dejo con la versión coloreada de uno de los primeros garabatos de Jaron que conservo (en una libreta de 1999 para ser más exactos). Pintado no se ve mal del todo, ¿verdad?
Sí, hace doce años al menos que pensé estos personajes, y para variar, el inicio y el final siguen más o menos igual a como los pensé, pero en 12 años he cambiado yo y ellos, y los personajes han ido por derroteros que no podía ni imaginar entonces.
Pues eso, aguantad una semanita más y prometo que valdrá la pena.
Feliz aniversario a todos. Y nos leemos por aquí.
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sábado, 25 de junio de 2011
sábado, 25 de diciembre de 2010
jueves, 31 de diciembre de 2009
INTERLUDIO 2: Futuro
¡Feliz año nuevo!
La mujer se arrebujó en su capa intentando que el frío que le helaba los huesos no llegara a sus entrañas. La cueva era húmeda y oscura pero no se atrevió a encender un fuego, como no se había atrevido en las últimas semanas. Ni siquiera para cocinar. Claro que para cocinar unas raíces, hongos y frutos secos no hacía falta mucho fuego…
Tenía tanta hambre y tan poco alimento. No era suficiente para los dos.
Palpó en la oscuridad su vientre y sintió a su bebe moverse al contacto, como buscándola. Su consuelo era que ahí dentro su pequeño no podía sentir el lacerante frío que acompañaba las primeras nieves. Ni el frío ni, con suerte, el hambre.
Se tapó bien de nuevo y masticó sin mucho ánimo las insípidas raíces que había podido recolectar. Pensó en su amado, que estaría buscándola por toda su pequeña nación. Tal vez creería que había muerto. Tal vez el que había muerto era él.
No, eso no. No podía siquiera concebirlo.
Se movió, tratando de repeler la idea que intentaba abrirse paso en su cabeza, y al moverse sintió de nuevo el dolor en el hombro, donde la sangre volvía a empapar el tosco vendaje que había logrado improvisar.
Maldijo. Así no iba a llegar muy lejos.
Lloró. No pudo evitarlo. Intentaba no hacerlo con todas sus fuerzas pero era imposible. En cuanto paraba de caminar, o a veces incluso caminando, sus fuerzas le podían y lloraba, de angustia y miedo, de rabia, de soledad. Por su bebé, por su amor, por sus amigos y por ella misma. Lloraba tanto que le dolía la cabeza y le costaba respirar y así no iba allegar muy lejos.
Había salido ya de las tierras de su padre, eso lo sabía, pero no por eso habían abandonado la persecución. Y la última vez habían estado tan cerca…
“Entrégate y no te pasará nada. Nos desharemos del engendro y podrás volver a tu lugar.”
Recordaba las palabras de su hermano y el odio volvió a invadirla mientras se abrazaba su vientre.
“Nos desharemos del engendro.”
En su desesperación había matado a uno de los soldados, de pura suerte, pero eso los había sorprendido y le había dado margen para huir.
“¡Si te vas ahora no podré salvarte!”
Su hermano lo había dicho como si ella le importara de veras, como si ella aún fuera una niña inocente que no supiera que lo único que les interesaba de ella era casarla con el horrible Heinrich de Peann para así poder ampliar su poder.
Habían pasado tres días desde que derramara sangre con sus propias manos y la herida del hombro, recibida en la refriega, no se cerraba. Cualquier movimiento la hacía sangrar de nuevo. Y dolía. Dolía tanto…
Oh, si le hubiera escuchado o al menos le hubiera dicho a donde quería ir…
Pero él no lo hubiera entendido. A pesar de las muchas virtudes de su amor la mujer sabía muy bien cuales eran sus defectos. Era terco y rencoroso y no hubiera entendido que ella hubiera querido volver a por el chico.
Había podido seguir la pista del muchacho hasta las tierras de su padre, donde sin duda ya debían haberle dado muerte. Pobre Haze. Dulce y tierno Haze…
Y entonces la habían visto y había empezado la persecución, que duraba ya días, tal vez semanas. Había corrido en dirección contraria a la Nación, esperando dar una oportunidad a Jaron y a sus amigos. Todas las noches rezaba para que no fuera en vano.
“Si es niño se llamará como su abuelo”
“¿Cómo cual de los dos?”
Ella había bromeado pero él no la había entendido, o tal vez sí y sólo le había seguido el hilo.
“Bueno, Jacob es un buen nombre”
“¡No! ¡No como mi padre!”
-Fedir, te llamarás Fedir.
Porque iba a ser un niño. De algún modo lo sabía. Un niño valiente y noble como su padre. Su pequeño rayo de esperanza.
Se adormiló. No supo por cuanto rato, pero adormiló. La despertó el viento golpeando contra las ramas de los árboles en el exterior. Se había levantado una tormenta. Llegó hasta la entrada d ela cueva para mirar al exterior y vio la densa cortina de nieva creada por el viento. Estaba cansada y débil, perdiendo sangre y fuerzas a cada paso que daba. Podía sentir la fiebre en los ojos que apenas podía abrir. La nieve creaba una cortina densa y uno no podía distinguir un pie delante del otro sin esforzarse de veras.
Era su oportunidad.
No, no su oportunidad, pero sí la de su niño.
La mujer salió de su refugio y forzó a su cansado cuerpo a seguir adelante, un paso y luego otro, entre la nieve y el viente, ignorando el hambre y el frío, ignorando el dolor de cabeza y las nauseas. Un paso y otro y otro.
Vio luces no muy lejos y recordó haber visto no hacía muchos días un monasterío desde lo alto de una loma. Si llegaba....
Tropezó y se puso en pie de nuevo, usando la espada como bastón. Y dio un paos y otro y otro. Si llegaba, si lo lograba, su rayo de luz nacería. Y cuando creciera... Cuando creciera le hablaría de su padre. De su padre y de sus tíos y de su abuelo. Sí, eso haría.
Y así la mujer dio un paso y otro y otro hacia las luces llena de esperanza en el futuro que había cargado durante nueve meses en el vientre.
La mujer se arrebujó en su capa intentando que el frío que le helaba los huesos no llegara a sus entrañas. La cueva era húmeda y oscura pero no se atrevió a encender un fuego, como no se había atrevido en las últimas semanas. Ni siquiera para cocinar. Claro que para cocinar unas raíces, hongos y frutos secos no hacía falta mucho fuego…
Tenía tanta hambre y tan poco alimento. No era suficiente para los dos.
Palpó en la oscuridad su vientre y sintió a su bebe moverse al contacto, como buscándola. Su consuelo era que ahí dentro su pequeño no podía sentir el lacerante frío que acompañaba las primeras nieves. Ni el frío ni, con suerte, el hambre.
Se tapó bien de nuevo y masticó sin mucho ánimo las insípidas raíces que había podido recolectar. Pensó en su amado, que estaría buscándola por toda su pequeña nación. Tal vez creería que había muerto. Tal vez el que había muerto era él.
No, eso no. No podía siquiera concebirlo.
Se movió, tratando de repeler la idea que intentaba abrirse paso en su cabeza, y al moverse sintió de nuevo el dolor en el hombro, donde la sangre volvía a empapar el tosco vendaje que había logrado improvisar.
Maldijo. Así no iba a llegar muy lejos.
Lloró. No pudo evitarlo. Intentaba no hacerlo con todas sus fuerzas pero era imposible. En cuanto paraba de caminar, o a veces incluso caminando, sus fuerzas le podían y lloraba, de angustia y miedo, de rabia, de soledad. Por su bebé, por su amor, por sus amigos y por ella misma. Lloraba tanto que le dolía la cabeza y le costaba respirar y así no iba allegar muy lejos.
Había salido ya de las tierras de su padre, eso lo sabía, pero no por eso habían abandonado la persecución. Y la última vez habían estado tan cerca…
“Entrégate y no te pasará nada. Nos desharemos del engendro y podrás volver a tu lugar.”
Recordaba las palabras de su hermano y el odio volvió a invadirla mientras se abrazaba su vientre.
“Nos desharemos del engendro.”
En su desesperación había matado a uno de los soldados, de pura suerte, pero eso los había sorprendido y le había dado margen para huir.
“¡Si te vas ahora no podré salvarte!”
Su hermano lo había dicho como si ella le importara de veras, como si ella aún fuera una niña inocente que no supiera que lo único que les interesaba de ella era casarla con el horrible Heinrich de Peann para así poder ampliar su poder.
Habían pasado tres días desde que derramara sangre con sus propias manos y la herida del hombro, recibida en la refriega, no se cerraba. Cualquier movimiento la hacía sangrar de nuevo. Y dolía. Dolía tanto…
Oh, si le hubiera escuchado o al menos le hubiera dicho a donde quería ir…
Pero él no lo hubiera entendido. A pesar de las muchas virtudes de su amor la mujer sabía muy bien cuales eran sus defectos. Era terco y rencoroso y no hubiera entendido que ella hubiera querido volver a por el chico.
Había podido seguir la pista del muchacho hasta las tierras de su padre, donde sin duda ya debían haberle dado muerte. Pobre Haze. Dulce y tierno Haze…
Y entonces la habían visto y había empezado la persecución, que duraba ya días, tal vez semanas. Había corrido en dirección contraria a la Nación, esperando dar una oportunidad a Jaron y a sus amigos. Todas las noches rezaba para que no fuera en vano.
“Si es niño se llamará como su abuelo”
“¿Cómo cual de los dos?”
Ella había bromeado pero él no la había entendido, o tal vez sí y sólo le había seguido el hilo.
“Bueno, Jacob es un buen nombre”
“¡No! ¡No como mi padre!”
-Fedir, te llamarás Fedir.
Porque iba a ser un niño. De algún modo lo sabía. Un niño valiente y noble como su padre. Su pequeño rayo de esperanza.
Se adormiló. No supo por cuanto rato, pero adormiló. La despertó el viento golpeando contra las ramas de los árboles en el exterior. Se había levantado una tormenta. Llegó hasta la entrada d ela cueva para mirar al exterior y vio la densa cortina de nieva creada por el viento. Estaba cansada y débil, perdiendo sangre y fuerzas a cada paso que daba. Podía sentir la fiebre en los ojos que apenas podía abrir. La nieve creaba una cortina densa y uno no podía distinguir un pie delante del otro sin esforzarse de veras.
Era su oportunidad.
No, no su oportunidad, pero sí la de su niño.
La mujer salió de su refugio y forzó a su cansado cuerpo a seguir adelante, un paso y luego otro, entre la nieve y el viente, ignorando el hambre y el frío, ignorando el dolor de cabeza y las nauseas. Un paso y otro y otro.
Vio luces no muy lejos y recordó haber visto no hacía muchos días un monasterío desde lo alto de una loma. Si llegaba....
Tropezó y se puso en pie de nuevo, usando la espada como bastón. Y dio un paos y otro y otro. Si llegaba, si lo lograba, su rayo de luz nacería. Y cuando creciera... Cuando creciera le hablaría de su padre. De su padre y de sus tíos y de su abuelo. Sí, eso haría.
Y así la mujer dio un paso y otro y otro hacia las luces llena de esperanza en el futuro que había cargado durante nueve meses en el vientre.
sábado, 14 de noviembre de 2009
INTERLUDIO 1: Y que cumplas muchos más.
Era su cumpleaños, o al menos era el día que él creía que era su cumpleaños. Estaba seguro de no estar demasiado confundido al respecto, pero siempre cabía la posibilidad de que se hubiera descontado por un día o dos. Fuera como fuese, era la semana de su cumpleaños y el muchacho la marcó en la piedra con una raya más gruesa que las demás, como hacía cada año para no olvidarlo.
El chico se separó un poco de la pared, apartando el largo flequillo de delante de sus ojos mientras observaba su obra y calculaba el espacio que le quedaba. Una de las paredes ya estaba completamente llena de rallotes y garabatos, pero aún le quedaban dos paredes y media libres. Aún tenía espacio para al menos veinte años más.
No había empezado a contar de inmediato, esa era la verdad. No había sido hasta el segundo año cuando el miedo a perder la noción del tiempo y la cabeza le impulsaron a hacer algo con sus horas, algo más que sentarse en un rincón de su celda a esperar la comida, único indicativo de que había pasado un día más. Sacando su delgado brazo por el ventanuco ese día se había hecho con una piedra y había marcado la primera semana de muchas que habrían de venir hasta contar cincuenta y dos. “2 años y sigo con vida” Escribió el día de la quincuagésimo segunda raya, y así siguió contando, y contando, y contando, hasta el año que hacía veinte.
“20 años y sigo vivo. Ya no cuento más” había grabado mientras se mordía el labio y se tragaba las lágrimas, porque hacía al menos quince años que había decidido que no iba a llorar más. Nunca más. Y ese año había decidido que lo que no iba a hacer más era contar los días, que era demasiado deprimente.
Un año después, mientras escribía con pulso irregular “21 años. Era mentira”, casi sintió ganas de reírse de su ingenuo yo de hacía un año, que creía que iba a encontrar un modo mejor de esquivar la locura que marcar las semanas en la fría piedra de la pared.
Lo había intentado, eso había que concedérselo. Había intentado llenar el vacío escribiendo y dibujando todo aquello que no quería olvidar. Su nombre, primero el verdadero, luego el falso; la forma de las estrellas, de los árboles, de las flores, de Sarai… La bella Sarai a la que ya nunca iba a volver a ver. Su cabello negro y rizado, sus grandes ojos, su sonrisa…
La había dibujado al menos diez veces ya en diez rincones diferentes y eso era una estupidez, puesto que a ella no tenía ninguna posibilidad de olvidarla. Ninguna. Sus profesores de arte hubieran estado orgullosos de él, pues su perseverancia estaba dando sus frutos y su técnica era cada vez mejor.
Y hoy, el día que cumplía 75 años y llegaba a su mayoría de edad, el muchacho elfo repasó los rizos de su último garabato preguntándose dónde estaría ahora, qué aspecto tendría su sobrino y si su hermano le odiaba aún o si por el contrario le habría perdonado. De seguir en casa estaría preparándose para su servicio militar obligatorio, preparándose para hacerse cargo de sus obligaciones. Pero no estaba en casa y cumplir 75 años significaba exactamente lo mismo que cumplir 74, 73, 72, 71… Significaba sólo que Zealor no se había cansado aún de tenerle allí.
Oyó los pasos de los guardas y, sorprendido, dejó lo que estaba haciendo y se asomó a la puerta de su celda.
Dos hombres del príncipe llevaban a un tercero a rastras seguidos de cerca por el señor de Meanley en persona. No era el padre de Sarai. Éste hacía ya unos años que había muerto. Lo sabía porque había visto los pies de la comitiva fúnebre cuando había sido enterrado con toda la pompa que correspondía a su cargo. No, él actual Príncipe era su hermano, cuyo envejecimiento no dejaba de sorprender al chico. Tan sólo había pasado 21 años desde que lo conociera y el humano ya era un hombre de mediana edad, canoso y barbudo, con un hijo a su vez. Ninguno de los dos eran mejores personas que el difunto Príncipe de Meanley y lo demostraba el trato abusivo que estaba recibiendo el prisionero que sus hombres acaban de lanzar de malos modos a la celda contigua a la suya.
Una vez había entablado conversación con uno de los otros prisioneros, pero no fue buena idea. Cuando después de tres días el hombre fue ejecutado sólo consiguió sentirse más triste y solo cuando había creído que eso no era posible. Así que ahora no se interesaba por los demás prisioneros. Dolía menos.
De modo que, satisfecha su curiosidad, el muchacho de alejó de la puerta y se dedicó a sus quehaceres diarios, como asomarse al ventanuco e intentar adivinar qué hacían los afanosos pies que veía aquí y allá.
No era, ni mucho menos, el peor modo de pasar el día allá abajo.
El chico se separó un poco de la pared, apartando el largo flequillo de delante de sus ojos mientras observaba su obra y calculaba el espacio que le quedaba. Una de las paredes ya estaba completamente llena de rallotes y garabatos, pero aún le quedaban dos paredes y media libres. Aún tenía espacio para al menos veinte años más.
No había empezado a contar de inmediato, esa era la verdad. No había sido hasta el segundo año cuando el miedo a perder la noción del tiempo y la cabeza le impulsaron a hacer algo con sus horas, algo más que sentarse en un rincón de su celda a esperar la comida, único indicativo de que había pasado un día más. Sacando su delgado brazo por el ventanuco ese día se había hecho con una piedra y había marcado la primera semana de muchas que habrían de venir hasta contar cincuenta y dos. “2 años y sigo con vida” Escribió el día de la quincuagésimo segunda raya, y así siguió contando, y contando, y contando, hasta el año que hacía veinte.
“20 años y sigo vivo. Ya no cuento más” había grabado mientras se mordía el labio y se tragaba las lágrimas, porque hacía al menos quince años que había decidido que no iba a llorar más. Nunca más. Y ese año había decidido que lo que no iba a hacer más era contar los días, que era demasiado deprimente.
Un año después, mientras escribía con pulso irregular “21 años. Era mentira”, casi sintió ganas de reírse de su ingenuo yo de hacía un año, que creía que iba a encontrar un modo mejor de esquivar la locura que marcar las semanas en la fría piedra de la pared.
Lo había intentado, eso había que concedérselo. Había intentado llenar el vacío escribiendo y dibujando todo aquello que no quería olvidar. Su nombre, primero el verdadero, luego el falso; la forma de las estrellas, de los árboles, de las flores, de Sarai… La bella Sarai a la que ya nunca iba a volver a ver. Su cabello negro y rizado, sus grandes ojos, su sonrisa…
La había dibujado al menos diez veces ya en diez rincones diferentes y eso era una estupidez, puesto que a ella no tenía ninguna posibilidad de olvidarla. Ninguna. Sus profesores de arte hubieran estado orgullosos de él, pues su perseverancia estaba dando sus frutos y su técnica era cada vez mejor.
Y hoy, el día que cumplía 75 años y llegaba a su mayoría de edad, el muchacho elfo repasó los rizos de su último garabato preguntándose dónde estaría ahora, qué aspecto tendría su sobrino y si su hermano le odiaba aún o si por el contrario le habría perdonado. De seguir en casa estaría preparándose para su servicio militar obligatorio, preparándose para hacerse cargo de sus obligaciones. Pero no estaba en casa y cumplir 75 años significaba exactamente lo mismo que cumplir 74, 73, 72, 71… Significaba sólo que Zealor no se había cansado aún de tenerle allí.
Oyó los pasos de los guardas y, sorprendido, dejó lo que estaba haciendo y se asomó a la puerta de su celda.
Dos hombres del príncipe llevaban a un tercero a rastras seguidos de cerca por el señor de Meanley en persona. No era el padre de Sarai. Éste hacía ya unos años que había muerto. Lo sabía porque había visto los pies de la comitiva fúnebre cuando había sido enterrado con toda la pompa que correspondía a su cargo. No, él actual Príncipe era su hermano, cuyo envejecimiento no dejaba de sorprender al chico. Tan sólo había pasado 21 años desde que lo conociera y el humano ya era un hombre de mediana edad, canoso y barbudo, con un hijo a su vez. Ninguno de los dos eran mejores personas que el difunto Príncipe de Meanley y lo demostraba el trato abusivo que estaba recibiendo el prisionero que sus hombres acaban de lanzar de malos modos a la celda contigua a la suya.
Una vez había entablado conversación con uno de los otros prisioneros, pero no fue buena idea. Cuando después de tres días el hombre fue ejecutado sólo consiguió sentirse más triste y solo cuando había creído que eso no era posible. Así que ahora no se interesaba por los demás prisioneros. Dolía menos.
De modo que, satisfecha su curiosidad, el muchacho de alejó de la puerta y se dedicó a sus quehaceres diarios, como asomarse al ventanuco e intentar adivinar qué hacían los afanosos pies que veía aquí y allá.
No era, ni mucho menos, el peor modo de pasar el día allá abajo.
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